Tengo pensamientos intrusivos, ¿qué hago con ellos?

Los pensamientos intrusivos surgen de forma automática y suelen generar mucha angustia porque chocan con tus valores o con la imagen que tienes de ti. Sin embargo, no dicen nada sobre quién eres ni de tus intenciones. Al contrario, duelen porque representan justo aquello que nunca querrías hacer. Por eso, es habitual que te resistas a ellos a través de la rumiación o la evitación.

Algunos de los más habituales son: “¿y si pierdo el control y hago algo que no quiero?”, “¿y si mi mente me falla o algo grave me pasa?”, “¿y si hago daño a alguien que quiero o a mí mismo/a?”, “algo terrible va a pasar”, “no voy a poder con esto”, entre otros.

Son un recurso aprendido y automatizado que se ha convertido en algo desadaptativo, pero su misión es la de protegerte. La mente nos hace conscientes de las peores situaciones para ayudarnos a enfrentar lo que más tememos; aunque a veces interprete la realidad desde el sesgo irracional, sin que exista un peligro real.

Un pensamiento intrusivo no es algo patológico por sí mismo; lo que puede resultar problemático es cómo reaccionamos ante él. Se convierte en obsesivo cuando intentamos que desaparezca y entramos en lucha con él. El pensamiento, que es normal, se instala porque la mente lo interpreta como una amenaza, y así surge la obsesión.

¿Cómo podrías convivir de forma más amable con tus pensamientos si aceptas que estarán siempre contigo?

 

Pautas

 

●  Acepta tus pensamientos: si no les das demasiada importancia y los ves como algo normal, suelen perder fuerza con el tiempo.

●  No te identifiques con ellos: tus pensamientos automáticos no definen quién eres ni tu valor como persona.

●  Comprende su función: los pensamientos intrusivos suelen ser respuestas automáticas ante el estrés, funcionando como mecanismos de defensa. No siempre deben guiar tus decisiones; tus valores son tu verdadera guía.

●  Convivir, no controlar: luchar contra ellos solo aumenta la tensión. Aprende a manejarlos sin intentar eliminarlos.

●  No evites ni te aísles: no dejes de hacer cosas importantes para tí por miedo a tus pensamientos. El aislamiento limita tu crecimiento.

●  Pon límites a tu mente: aprende a aplazar los pensamientos. No se trata de ignorarlos, sino de decidir tú cuándo prestarles atención.

●  Reserva un espacio para reflexionar: en torno a lo que te preocupa de manera segura y gradual.

●  Cuestiónalos de forma práctica: pregúntate: ¿Qué sería lo peor que podría pasar?, ¿Cómo me sentiría?, ¿Qué haría?, ¿Cómo lo afrontaría?.